¿QUIÉNES SOMOS? PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Proyecto La Aldea   
Jueves 10 de Diciembre de 2009 19:39

     En muchas ocasiones, y por razones muy distintas, cuando hemos tenido que responder a preguntas dirigidas a conocer a las personas que participan en el Proyecto de Desarrollo Comunitario, siempre se ha producido un cierto asombro con nuestra respuesta: los protagonistas del Proyecto son los aldeanos y las aldeanas, porque éste es el Proyecto de un pueblo.

 

 

 

 

     La contestación, sin embargo, es la única posible. Cierto es que puede haber personas que dediquen más tiempo que otras al Proyecto, y puede haber personas que participen en algunas actividades y no en otras, e incluso quienes sólo participen durante algún tiempo y que, luego, por circunstancias diversas, tengan que dejar de participar; pero en todos esos casos sigue siendo cierta nuestra respuesta: los protagonistas de este proyecto son los habitantes de La Aldea de San Nicolás.

 

 


Para ilustrar nuestra respuesta vamos a servirnos de dos situaciones que hacen perfectamente comprensible lo que hemos afirmado. La primera sucedió en una escenificación del Ciclo del Año.

 

Una de las muchas ocasiones en las que hemos tenido el placer de poner en escena este ciclo se acercó hasta nosotros una señora de La Aldea (Mariquita Cubas) a la que llevábamos algún tiempo sin ver. Después de saludarnos y hacer lo que en estas ocasiones se suele hacer (hablar de la salud y de la familia) se produjo el siguiente diálogo:

-José Pedro -dijo-, me he enterado de que hoy estaban aquí y he venido ¿Dónde me pongo?
-Bueno, me alegro de que haya podido venir, ya sabe lo que tiene que hacer. Hoy no ha podido venir su hija ¿Tiene con quién marcharse después?
-Pues no, la verdad es que no tengo con quién volver a mi casa y si esto va a durar mucho no sé qué hacer.
- Bien, no se preocupe que cuando termine la mandaré en un taxi.

 

 

El diálogo transcurrió en un pasillo cerca de la habitación donde el resto de las personas estaban preparándose para entrar en escena. La señora de la que hablamos había dedicado una gran parte de su vida a elaborar objetos de barro que luego vendía o cambiaba en La Aldea. Esta señora ahora vivía en Las Palmas de Gran Canaria y se había enterado por la prensa de que el Ciclo del Año se iba a representar en un local de la ciudad. Sabía que ese anuncio era también una llamada para ella.

La protagonista de esta situación no estaba inscrita en ningún listado, no formaba parte de ningún grupo, ni de ninguna agrupación folclórica, no disponía de ningún tipo de carné. Estaba allí porque se sentía comprometida con un proyecto, con una forma de difusión de la cultura popular, y porque ella conocía perfectamente aquello que se estaba recreando: era su propia vida.

La situación que acabamos de describir ilustra perfectamente una de las características del Proyecto de Desarrollo Comunitario: es un proyecto abierto. Esto significa que no tiene un número fijo de personas. Las personas que participan en cada una de las actividades organizadas por el Proyecto lo hacen porque se sienten partícipes de lo que allí, en ese momento, se está haciendo, no porque sean miembros de ningún grupo definido.

 

El alcance de esta situación quedará mejor ilustrado en este segundo ejemplo, que se produjo cuando estábamos grabando un documental sobre el empaquetado del tomate, porque en ésta lo que le ocurrió a una persona le sucede a cientos de ellas.

 

Fue necesario reconstruir en su totalidad uno de los antiguos almacenes de La Aldea. El estado en que se encontraba el edificio no era malo, lo peor era lograr que todas las herramientas, artilugios y personas, sobre todo las personas, que trabajaron en ese almacén, pudiesen volver a ocuparlo. Darle vida al almacén era un verdadero reto.

 

Un grupo de participantes del Proyecto asumió ese compromiso y día tras día, durante varios meses, se dedicaron a localizar a todas las gentes que habían trabajado en esa actividad, como se hacía antes de llegar las máquinas. Algunas cedieron objetos del almacén que todavía conservaban, como fue el caso de la familia de los Armas, que nos dejó la mesa para el pesado de la fruta y que ¡aún conserva en ella las cuartillas donde se apuntaban los pesos! Otras ayudaron a colocar cada cosa en su sitio; muchas de esas personas contaban historias vividas durante el trabajo y todas se mostraban igualmente encantadas de participar en la grabación.

Para nosotros fue una experiencia inolvidable ver cómo se fueron logrando todos los objetivos que nos habíamos trazado.

 

En una ocasión, un vecino llamado José Valencia Godoy, antiguo encargado y pesador, al ver las puertas abiertas del almacén donde tantos años había trabajado, y al comprobar que estábamos haciendo “seretos” y preparando las mesas de empaquetado, se quedó mirándonos y nos dijo: ¡Ustedes no están buenos de la cabeza! Al poco tiempo de estar allí y darse cuenta de que estaba la mesa de apuntar el pesado de los tomates, donde él había estado trabajando muchos años, se sentó y por un momento se quedó con la mirada perdida... y los ojos llenos de lágrimas.

Se levantó, empezó a contarnos anécdotas y a hablarnos de cómo tenían que colocarse las mesas, ya que también hizo la función de capataz. Cuando nos dimos cuenta, nos cogió la noche trabajando con tanta o más ilusión que la de cualquiera de los que estaban allí.

 

Los esfuerzos dieron sus frutos con la recompensa de un almacén prácticamente reconstruido. Tenía ya el visto bueno de antiguas empaquetadoras, capataces, empresarios que habían pasado a supervisar la obra, pero para más tranquilidad, nos faltaba Juan Rodríguez, una persona muy respetada por todos, gran conocedora del tema y, a la vez, muy exigente y que seguramente iba a poner alguna falta.

 

Ya estaba todo preparado. Cierto día pasó por allí y tuvo lugar el siguiente diálogo:

-¿Qué le parece como ha quedado el almacén, don Juan?
-Bueno, no está mal, podría darte un aprobado, pero estoy seguro que falta una cosa.
-¿Qué cosa puede faltar?
-El imán que se utilizaba para recoger las tachas que se caían al suelo.
-Pues, lo sentimos don Juan, pero el imán está aquí.

 

Se quedó observando intentando encontrar alguna falta más. Al final nos dijo: está completa, no hay por donde cogerlos; los felicito.

 

La grabación se prolongó durante buena parte del día. Decenas de personas, ataviadas con ropas de trabajo, esperaban pacientemente a que las cámaras pudiesen grabar lo que estaban realizando. Al finalizar el día, el cansancio se reflejaba en el rostro de todo el mundo, pero la satisfacción por lo que habíamos hecho era evidente. Cuando la penumbra de la tarde estaba oscureciendo el almacén y nos estábamos despidiendo, ocurrió algo sorprendente: las mujeres se pusieron a cantar espontáneamente. Cantaban unos de esos hermosos cantos que las habían ayudado a soportar duras jornadas de trabajo.

 

Lo ocurrido en el almacén volvía a poner de manifiesto que los verdaderos protagonistas de este proyecto son los aldeanos y las aldeanas, los hombres y mujeres que se sienten solidarios con una forma de vida y orgullosos de la cultura que ésta llegó a crear.

 

Una vez que lo esencial ha quedado claro, que éste es un proyecto abierto a la comunidad, hemos de añadir que en éste, como en otros, se pueden encontrar algunas personas representativas, personas cuya contribución a la tarea común ha merecido el reconocimiento de sus propios compañeros. Para elaborar este capítulo sobre los protagonistas vamos a presentar a algunos de ellos, de entre los más representativos. La mayoría ya no están físicamente con nosotros.

Todas las personas que están o han pasado por este proyecto son iguales en importancia, pero algunos han dejado una huella imborrable. Hablaremos de los que ya no se encuentran a nuestro lado. Éstos son los que nos vienen a la memoria porque sin ellos este proyecto hubiera sido imposible, y confiamos en que se sepa disculpar cualquier olvido involuntario, tal vez producido por la emoción de rememorar a seres humanos tan entrañables.

Marcelino Rodríguez Almeida, conocido por todos nosotros como “Miguelillo”, fue una pieza clave en este trabajo. No tenía horarios, siempre estaba de “servicio y con las liñas enredadas”, como él nos decía:

-Cualquier día Lala (su mujer) me manda la caravana de “ Lo que necesitas es amor ”, y me deja comiendo millo” picao”, porque no paro la pata en mi casa.

 

 

Bartolito, Abelito y Juanita fueron los primeros que se subieron a un escenario junto al grupo folclórico que funcionaba entonces, a transmitir toda su sabiduría al público que los escuchaba atentamente.

Jacinto Valencia Ramírez (Bartolito el del Hoyo) era un excelente tocador de laúd. En una de las tantas reuniones que se hacían con los jóvenes para debatir la línea a seguir del grupo folclórico, Bartolito comentó:

-Si alguno no se encuentra a gusto en este barco, que aproveche y se tire por la borda, porque éste tiene ya el rumbo marcado y tiene que llegar a puerto.

 

 

Roque Abel Suárez (Abelito), fue siempre muy ocurrente. En una actuación en Icod el Alto, en Tenerife, donde representábamos una “descamisada”, improvisó el siguiente cuento:

-Cuando mis hijas eran pequeñas, había veces que no teníamos “conduto” (alimento para acompañar con el gofio) en la casa y yo me iba a pescar. En una ocasión me paré en la tiendilla de Rosarito y me entretuve alegando. Cristiano, cuando me di de cuenta me había pasado con los “sacasuntos” (para él, el sacasunto eran las copas de ron, porque cuando bebía más de la cuenta hablaba de cualquier asunto). Total, que no fui a pescar pero tenía que llevar algo a la casa. En esto que pasa seña Dolores con sardinillas y le compré dos o tres. Me las metí en el bolsillo. Cuando venía parriba dando tumbos a un lao y a otro, me dieron ganas a mear. Tenía un agujero en el bolsillo y en vez de sacarme el pito me saqué una sardina. Cuando yo la vi con los ojos verditos, le dije: fíjese usted tanto tiempo que llevamos juntos y nunca te había visto los ojos”.

 

 

Más tarde nos enteramos de que éste era un cuento popular y él, por la gracia, se lo aplicó a sí mismo.

Juanita Rodríguez Reyes fue también un personaje especial, cariñosa con todos y todas, sobre todo con los niños. A ella le dedicamos el libro de Los Juegos y Juguetes de Nuestros Mayores. También fue a Tenerife en dos ocasiones con nosotros y encontró la familia de donde procedía su apellido Reyes. Era muy religiosa, y de hecho una de las veces que nos quedamos en la Residencia Escolar de Icod de los Vinos, con motivo del Festival de Rescate en el año 1990, hacía levantar a las jóvenes que se quedaban con ella en la misma habitación a las 6 de la mañana a rezar. Siempre estaba de buen humor, cantando y haciendo cuentos de su juventud. Su voz quedó grabada en varios trabajos realizados.

 

Juan Hernández murió centenario; en su juventud, en varias ocasiones, había viajado a Cuba. Cada vez que lo visitábamos nos cantaba una décima diferente o alguna anécdota de la emigración. Nos decía:

-Yo soy el único que queda de mi quinta y la única razón de estar todavía con vida es para contarles a ustedes lo que sé. Por eso no se lo puedo contar todo, porque cuando se lo cuente entonces pa’ qué estoy en el mundo, por eso siempre voy dejando algo.

 

Juan Hernández era un gran decimista e improvisador. Con motivo del memorial a Fernando Díaz Cutillas, celebrado en el Centro Insular de Cultura del Cabildo de Gran Canaria, en el que participamos con un trabajo dedicado a la emigración, nos pidió poder participar.

 

Para nosotros fue una de las tantas experiencias emotivas que tuvimos la suerte de vivir con él y los demás informantes que nos transmitieron el legado de su vida..

Juan Hernández, con 99 años, aún conservaba en sus recuerdos numerosas historias y experiencias, al contarlas parecía que las vivía. Su participación fue espontánea y, por supuesto, sin previo ensayo. En el escenario del teatro y sentado en una mesa con varias personas, ante la pregunta de qué recordaba del barco hundido Valbanera, nos comentó:

-Yo estaba en el año 1919 con mi padre en La Habana esperando la llegada del Valbanera, porque mi padre tenía un pasaje para regresar a Canarias. Recuerdo ver llegar el barco pero, por el temporal, el práctico no lo dejó entrar y se marchó huyendo; más tarde nos enteramos de que se había hundido”.

 

Juan Hernández ayudó a muchos emigrantes a leer y escribir sus cartas, ya que escribía y leía muy bien. Aún recordaba íntegra una carta que describía cómo era Cuba en esa época:

SANTA CRUZ DE TENERIFE, PROVINCIA DE LAS CANARIAS. VILLA DE LA OROTAVA.

Queridos hermanos Santiago de la Torre, le comunico ésta para decirles que hace dos años que gozamos en nuestras islas. Tenemos peleas de gallos, corrías de toros y tiros de representantes del país. También tenemos la gran lotería, quiero que le digan a los niños de Teófilo que vengan p'acá para que se practiquen en las ventas de billetes, cantando el catorce mil catorce cientos catorce y ganará un medio en cada peso. Aquí los carritos los tenemos con los caballos por adentro no por de afuera como ahí, formando la cabeza del carro como cabezas de langostas. También tenemos unos inventos esconocíos que se lo han mercao los americanos, unos monoplanos que se van aviando solos por el aire. La melicina adelanta que es una barbariá. El gobierno ha puesto que toitico el mundo tenga un mono de esos en su casa.
El compadre Bartolo el otro día, esmochando unas palmas en Bainoa, se cayó de una palma abajo y favorable que se cayera. Sufrió la descomposición del hueso cayuco de la parte noroeste de la rabadilla izquierda y otra descomposición en los riñones. El médico de la línea se equivocó y lo llevamos a la mesa, no pa comerlo sino pa desaoperarlo. Tú sabes que el compadre Bartolo tenía mucho pulso, pues estaba frío y tieso. Cuando recibas estas no te acongojes porque estará muerto y enterrao. A la comadre Bibiana no se lo digas de repente porque padece de jirópica y puede reventar como un siquitraque. Te mando dos cartas una dentro de otra si no te llega la una te llega la otra. Hasta el otro mes.

 

Juan Montesdeoca nos esperaba todas las tardes en la puerta de su casa en La Montañeta, para contarnos sus historias y vivencias, cantarnos canciones y romances. Nos hizo una descripción exacta de la vida en La Aldea a principios de siglo:

-Yo me acuerdo de cuando el pinar llegaba hasta el pueblo...
Mi padre usaba unos calzones hasta las rodillas y unas polainas de lana. Cuando era joven decía que le llamaban el calzonú...
Cuando yo era chico, me acuerdo de que los viejos bailaban el tango canario, eso fue el principio del mundo... saltaban como a comerse unos a otros...”

 

 

Muchas frases que nos hicieron comprender cómo sería la vida de los aldeanos y aldeanas a comienzos del siglo XX.

Con Marcelino Hernández se comenzó la recuperación del “Rancho de Ánimas”. Fue un informante importante para nosotros, no sólo en la recuperación del rancho, sino también en el folclore de la emigración. En el trabajo dedicado a la cultura de la emigración participó con una canción que él nos había enseñado, “el Manzanillo”, un son cubano que estaba desaparecido en Cuba y que él aún recordaba.

 

El trabajo de recuperación del rancho culminó con Fulgencio Díaz, a pesar de padecer una enfermedad incurable, cosa que él sabía. Cuando lo visitamos y le contamos que estábamos ilusionados con poder recuperarlo, se emocionó y nos prometió que aún le quedaba tiempo para enseñarnos.

 

Su sobrino Carmelo, ranchero mayor actualmente, lo iba a buscar todos los fines de semana a Valsequillo, donde vivía con una hija. Ensayábamos de forma intensiva. Nos pegaba hasta con el pandero en la cabeza cuando nos equivocábamos.

Fulgencio fue el último cantador e improvisador del rancho antiguo. Cuando nos planteamos la grabación del disco Cultura oral y música tradicional de La Aldea y pagos cercanos, Fulgenció empeoró y tuvo que ser hospitalizado.

Conociendo que se iba a grabar el rancho, nos mandó a decir con su hija que él quería participar. Le planteamos ir a grabarlo a la clínica, puesto que venía una casa discográfica especializada en grabaciones de campo, cosa que él rechazó diciendo:

-El rancho es de La Aldea y se graba en La Aldea.

 

 

Al principio ni nos lo planteamos pero, ante su insistencia, sus hijas quisieron que su padre hiciera realidad su última voluntad. Ellas consultaron al médico y éste puso como condición que fuera en una ambulancia y acompañado por un sanitario. Así se hizo. Fue increíble ver cómo, cuando entró en el salón de grabación, se bajó de la camilla y estuvo todo el tiempo que duró la grabación de pie, cantando y corrigiendo a sus compañeros del rancho.

A los tres meses de la grabación murió. Su voz quedó recogida.

En cuanto a la transmisión de la música de parrandas no podemos olvidar a Juan García Medina, conocido como Juanito Pisaflores, del Barranco de Siberio. Enseñó su forma peculiar de concebir la música a los niños y jóvenes. En su juventud amenizaba los bailes de taifa; una canción suya se hizo muy popular después de ser grabada en el disco dedicado a La Parranda Tradicional y dice:

Aquí están los Pisaflores
los del Barranco Siberio,
el uno se llama Juan
el otro se llama Pedro (su hermano).
Ay, los pisaflores son
muy queridos en todas partes,
donde más queridos son:
en Veneguera y Tasarte...

 

 

En una ocasión, con motivo de la celebración del Congreso Internacional de Museos, escenificamos el Ciclo del Año.

El Ciclo del Año, como ya se ha dicho, es una puesta en escena de la vida del pueblo de La Aldea, a través de los ciclos de la vida, donde los personajes recrean sus propias vidas: panadero, arriero, mareante, capataz, empaquetadora, monaguillo, cura, vendedora de pescado, guardia, músico de la banda, alcalde...

Cuando le comentamos a Juanito que si quería participar como arriero él nos preguntó:

-¿Usted cree que a la gente le va a gustar el ver a un arriero?
- Juanito, nosotros creemos que sí - le contestamos.

 

Cuando se celebró el acto y salieron los arrieros y las loceras, todos los asistentes se levantaron y le dedicaron una gran ovación. Terminado el acto, Juanito comentó:

-Oiga, se ve que al público le gustó.
-Juanito -le dijimos- hoy es un lujo poder oír a los arrieros. No estábamos equivocados.

 

Después de la actuación, en el Teatro Guiniguada, se fue al bar con un amigo a echarse un café y se llevó el micrófono inalámbrico puesto. Cuando lo encontramos, nos dijo:

-¡Ah!,¿ este chisme había que devolverlo?

 

Muchas personas, verdaderos personajes, participaron en la recuperación de las músicas de parrandas, así como de los cantos con los estilos propios de la zona: Juanito el de Benito, Lolo el carpintero, Ezequiel el de La Cardonera, Isidro el de Titita, Ofelio, Juanito el panadero de Tasarte, etc.

 

Una anécdota de las grabaciones musicales:

Cuando fuimos a grabar unas piezas musicales para un disco sobre la parranda tradicional a los estudios Jeiisma de Gáldar, teníamos hora a las diez de la mañana y todo estaba preparado. Íbamos a empezar, pero aquello estaba muy “desabrío” y Lolo comentó :

-¿Dónde se ha visto una parranda sin echarse un pizco?

 

Juanito y Ezequiel Ramírez comentaron:

-Bueno, una copa para calentar el gaznate y después vamos primero a lo que venimos, que tiempo de echarnos algo siempre hay.

 

Los llevamos a un bar que estaba cerca y se tomaron unas copitas claras, como decían ellos.

Cuando regresamos al estudio empezó la grabación con Juanito Pisaflores.

La canción elegida fue una con la que se presentaban en los famosos bailes de taifa Juanito y su hermano Pedro:

“Aquí están los Pisaflores, los del Barranco Siberio...”

 

Era Juanito tan expresivo a la hora de tocar, que el pie le servía de acompañamiento, lo que provocaba dentro del estudio un sonido parecido a un tambor.

Al principio pensamos dejarlo así, pero corríamos el riesgo de que en el futuro se pudiera interpretar que esta canción estaba acompañada por un tambor, por lo que le sugerimos a Juanito que hiciera un esfuerzo para evitar acompañarse con el pie. Lo intentó en cuatro ocasiones, pero en la mayoría de los casos, cuando ya estábamos a punto de terminar, volvía a repetirlo igual. Después de meditar lo que podíamos hacer, se nos ocurrió plantearle a Juanito el que se quitara los zapatos, para que pudiera expresarse con soltura, y así no restarle expresividad ya que el piso tenía moqueta y eso evitaba el sonido producido por el acompañamiento del pie.

Cuando cantó Ezequiel Ramírez nos pasó algo parecido, pero con un manojo de llaves que llevaba colgado en la cintura. No lo pudimos convencer y no se lo dejó quitar.

 

El momento que más nos impactó fue durante la grabación de Lolo (Bernardino), un parrandero muy popular, del que sabíamos de antemano que íbamos a tener dificultades para grabarlo: decía que nunca había cantado si no tenía algunas copitas de más. Nosotros lo habíamos convencido para que cantara sin necesidad de beber.

Cuando salimos del bar solamente se había tomado una copita como todos, pero durante el tiempo que duraron las primeras grabaciones, le comentó al dueño del estudio que si no había algo para mojar el gaznate. Éste le sacó una botella de whisky. Cuando fuimos a buscarlo para grabar, ya no estaba en condiciones. A pesar de ello, y conociendo su calidad, lo intentamos en varios temas musicales, pero no había manera.

Al final, cuando quedaba el último tema, una malagueña, nos pidió que lo dejáramos cantar. Jamás podremos olvidar aquel momento: por un instante, mientras interpretaba la canción, no pudimos contener las lágrimas. La copla que había elegido la había cantado con una expresividad y un sentimiento... iba dedicada a una hija fallecida. La grabación se realizó en el año 1996. Desde el fallecimiento de su hija no había vuelto a cantar más. Han pasado unos años y nos comentó un día, entre lágrimas, que no ha tenido valor de escuchar la canción.

¿Cómo tuviste valor,
muerte, cómo te atreviste,
y me arrancaste mi flor
cuando comenzaba a abrirse?

 

Para los que tuvimos la suerte de estar allí, fue una experiencia inolvidable, no sólo por la calidad humana que desprendían los parranderos, sino por sus estilos de tocar y cantar, a pesar de no haber tocado juntos, algunos, desde hacía más de cuarenta años. Aquí se cumplió el refrán que dice: “Donde hubo, siempre queda”.

Uno de los personajes nombrados, Ezequiel Ramírez, de La Cardonera, fue además un excelente informante que nos desveló muchas costumbres no sólo de los bailes de taifa que se celebraban en su casa, sino también de los carnavales.

Una semana antes de su muerte, habíamos estado en su casa con los niños de los talleres investigando y grabando sus manifestaciones. Cuando los niños se enteraron de que había fallecido, comprendieron la importancia que tenía lo que estaban haciendo: la recuperación de su identidad.

Siguiendo con nuestros informantes, todos y todas nos recibían en sus casas con los brazos abiertos. Sin embargo queremos hacer una mención especial a Consuelito Ojeda Segura, fallecida, y a su hermana Libertita, que en la actualidad, con cerca de 100 años, mantiene la mente lúcida: siempre nos acogían con mucho cariño.

 

Consuelito, postrada en cama desde hacía 14 años, nunca perdía el humor y las ganas de charlar con el que llegaba. Le gustaba mucho el café y también que su sobrina Angélica Suárez Ojeda se lo sirviese a todas las visitas. Angélica, de bromas, le decía que lo iba a recalentar, porque era mucha gente la que venía a verla y que ella no iba a estar haciendo café a cada momento; ella , muy enfadada, decía que a las visitas se las obsequiaba con café acabado de hacer. Las dos hermanas nos ayudaron mucho a desvelar las formas de vida de antaño, nos contaban con toda su ilusión cuando iban a sembrar y a arrancar el trigo por las laderas, los cantares, las eras que existían para trillar...

Muy mayor murió también Francisca Martín Sosa, Titita, que a sus noventa y nueve años solfeaba aún las canciones que su marido, el organista del pueblo, tocaba y ella había aprendido. Los familiares de Titita fueron y siguen siendo músicos conocidos en el pueblo: Rodolfo Tomás Afonso Martín (fallecido), llamado cariñosamente Ofito, y sus hermanos Isidro y Ramiro Afonso. Con ella aprendimos el misterioso lenguaje de las campanas, que servían de información en el pueblo cuando no existían otros medios de comunicación. Al celebrar su cumpleaños, nos cortaba un trozo de tarta, para que se lo diéramos a Carmita Sosa, su amiga, centenaria como ella, y le mandaba saludos con nosotros. Cuando le tocaba a Carmita Sosa, le correspondía con lo mismo.

 

Durante el tiempo en que realizamos la grabación del disco Cultura Oral y Música Tradicional en La Aldea y Pagos Cercanos, se hizo una grabación de las campanas con la información dada por Titita. Mucha gente mayor se enfadó con nosotros por ese motivo. En el barrio de Los Cardones sucedió lo siguiente:

Cuando se oyó “doblar”, dijo una vecina a otra
-¿Quién se murió?
-Pues no lo sé, creo que fue un hombre, porque doblaron por un hombre.

En esto que suena de nuevo
-Escucha, ahora dobla por una mujer.

Al momento se oye tocando a “dejar” y dicen:
-Pues la que se murió está apurá porque ya la van a enterrar.
-Mi niña, ¿qué es lo que pasa hoy?

Más tarde tocan a “rebato o fuego”, sonido que se escuchaba cuando había una situación extrema.
-¡Lo que faltaba!, Ahora dicen que hay fuego.
-Vamos para abajo a ver qué es lo que pasa, porque o el cura está loco o esto no me está gustando.

 

Las dos vecinas llegaron a la iglesia y nos echaron un pleito, que eso no se podía hacer sin avisar a los vecinos. Estos toques eran antiguos, ya no se solían hacer, pero ellas eran mayores y aún conocían el lenguaje de los sonidos de las campanas. Por supuesto, les pedimos disculpas y ellas comprendieron nuestro trabajo.

Gracias a esto, las campanas, que era lo único que quedaba de la antigua ermita del siglo XVIII, destruida en los años 60, y que se habrían de estropear unos años después de nuestra grabación, quedaron recogidas fielmente y se pudo así fabricar otra con el mismo timbre.

Carmita Sosa, madre de otro músico popular conocido por Domingo el de Cecilio, se acordaba de alguno de los pasajes del Auto de Reyes; nos describió cómo eran las fiestas a principios del siglo XX.

-... Se vestían unos de pastores, la Virgen, San José.... y el ángel les decía: a Herodes no volváis que Herodes lo que quiere es matar al niño, y no volvieron...
... Me acuerdo de pasear delante de la iglesia cuando no había todavía plaza...
... Recuerdo ver los panderos tocando en la iglesia y cantando a Cho Santiago el de Furel, ver bailando a Cho Pancho Benito en el besapié.
... Al terminar la Semana Santa se quemaba al Judas, un muñeco. Le pegaban fuego...

 

 

Francisco Suárez Casas, conocido por “Pancho Palmita”, fue otra persona que nos informó sobre las costumbres a principios del siglo XX y sobre la lucha canaria en nuestro pueblo, delante de la iglesia, cómo saltaba Cho Pancho Benito desde el campanario con el garrote y el baile del rancho de ánimas.

 

De los pastores, las apañadas, las aventuras por los montes detrás del ganado; el más expresivo fue José Navarro. Cuando lo entrevistamos se encontraba en la Residencia de Sardina del Sur. Nos contó:

-Recuerdo cómo, en la fiesta de San Nicolás, los pastores nos reuníamos y nos lanzábamos con los garrotes del campanario de la Ermita intentando atravesar una moneda. Solamente, que yo recuerde, fuimos Cho Benito y yo los únicos que nos tirábamos de la parte alta del campanario.

 

Nos contó que en la Residencia donde se encontraba organizaron una fiesta en la que cada persona mayor tenía que hacer algo referente a la profesión que había desarrollado cuando joven. Él, como toda su vida había sido pastor, pidió un garrote y, al negárselo por su avanzada edad, 99 años, se enfadó mucho con todos los organizadores.

 

Muchas mujeres y hombres más nos han ayudado a descubrir el pasado, sus costumbres y formas de vida, pero creemos que en estas personas están representados todos y todas las que nos puedan faltar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Última actualización el Sábado 12 de Diciembre de 2009 21:12
 

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