A comienzos de los años noventa, las dificultades que tenían los niños y niñas de La Aldea para ver y apreciar algunos de los oficios y labores tradicionales era ya evidente. Muchos de nuestros hijos y nietos escuchaban asombrados, pero sin comprender, las historias que les contaba su abuelo arriero, o su padre pastor. Nuestros hijos e hijas, nuestros nietos y nietas, como otros muchos niños y niñas canarios, no sabían lo que era ordeñar, ni cómo se hacía el pan en el horno, ni cómo se obtenía el gofio.
Ante esta situación, decidimos abrir una posibilidad para que todas esas formas de vida pudiesen ser conocidas, de este modo fue como pusimos en marcha “La Gañanía”.
El Museo de La Gañanía, no cuenta todavía con una infraestructura propia; hace muchos años que hemos estado deambulando de un sitio para otro intentando mantener esta actividad. En la actualidad, una familia nos ha cedido unas casas antiguas y un terreno que hemos adecentado para que pueda ser visitado por los niños. A fin de llevar a cabo esta actividad, contamos con la dedicación permanente de algunas personas que hacen diversas tareas tradicionales: cuidar el ganado, ordeñar, hacer pan y queso. Para arreglar las instalaciones de este museo vivo, han dedicado muchas horas de su tiempo libre.
Comenzamos esta actividad en una gañanía que nos prestaron. Era tanta la ilusión y las personas mayores y jóvenes que participaban en la reconstrucción, que en menos de un mes estaba lista para ser visitada. La alegría no duró mucho, porque el dueño la necesitó y tuvimos que abandonarla.
Luego pasamos a un terreno que, en principio, era privado y luego lo adquirió el Ayuntamiento de La Aldea. Pertenecía, antes de esa compra, a la familia Rodríguez Quintana, que nos lo cedió sin problema. También lo limpiamos, lo adecentamos como pudimos, construimos una gañanía, un horno, un puente de madera para cruzar el barranquillo y una “era” con la ayuda del grupo de octavo curso de EGB del “colegio San Nicolás de Tolentino”, siendo su tutor Antonio Rodríguez Martín. Allí sembramos trigo por primera vez, para que los niños vieran todo el proceso.
Los inicios no fueron fáciles. No sabíamos realmente cómo iba a responder el pueblo.
En una ocasión en la que José Pedro se encontraba acompañando a su madre en el Centro de Salud, ésta, disimulando, no dejaba de mirarlo para que él no se diera cuenta. Se produjo la siguiente conversación:
-¿Mamá, te encuentras bien?
- Sí .
José Pedro, pensando que estaba preocupada por su enfermedad, le daba ánimo diciéndole:
-¡Ya verás que no tienes nada!.
Entonces ella le responde que lo menos que le preocupaba en este momento era su enfermedad.
-¿Qué es lo que tanto te preocupa, mamá?.
Se queda pensativa y comenta:
-Ayer oí una conversación en la que decían que te habías vuelto loco, porque los habían visto sembrando y arando con una yunta en la finca Piedra la Mesa.
Esto es un ejemplo de la reacción de la gente ante un hecho altruista, sorprendente, en tiempos en los que los avances tecnológicos marcan la pauta del desarrollo.
Al año siguiente, cuando el pueblo tomó conciencia del verdadero valor educativo que suponía para generaciones venideras el dejar el mayor número de testimonios de experiencias referentes a formas de vida pasadas, la respuesta fue sorprendente para nosotros ya que, ante la llamada para sembrar, fueron tantas las personas que se acercaron hasta el museo con “sachos” (azadas), que tuvimos que prescindir de la yunta, al rendir más con las gentes.
En ese terreno se hace actualmente el Belén Viviente. Al no estar este espacio protegido y sin ningún cuarto donde guardar los materiales para realizar las actividades (queso, pan, arar, animales) era muy grande el esfuerzo que teníamos que hacer cada vez que venían los niños a visitarnos. Agradecemos aquí la colaboración de Carmen Ramos Ruiz, componente del proyecto, y su hijo, que nos ofreció su casa, agua y luz para poder realizar las actividades con los niños, de forma desinteresada, al estar su casa junto al terreno utilizado.
El Museo, que actualmente se encuentra ubicado en Cabo Verde, una zona cercana al casco del pueblo, tampoco es nuestro. Hemos llegado a un acuerdo con la familia heredera, doña Graciliana Martín Suárez y sus hijos, Alejandro e Ignacio, familia muy sensible a nuestra cultura, y que ha comprendido muy bien nuestras pretensiones totalmente altruistas y educativas, cediéndonos el terreno por un tiempo.
Está abierto a todos los centros escolares de la isla, que pueden acceder a él mediante una cita previa. Los alumnos que asisten al Museo comparten una jornada de trabajo con las personas que forman parte del proyecto comunitario y realizan con ellos diversas actividades:
-Visita a unas casas tradicionales del siglo XIX, con todos los enseres de una vivienda de esta época.
-Conocer el proceso de hacer el pan en un horno tradicional.
-Observar los animales domésticos útiles al agricultor: vacas de la tierra, cabras, el burro, la camella, gallinas y pavos.
-Conocer los aperos tradicionales de la labranza del agricultor.
-Conocer el proceso de elaboración del queso de forma tradicional.
-Conocer el proceso de la obtención del gofio: descamisar, desgranar, aventar, tostar y moler el millo.
Muchas son las personas, la mayoría de ellas enfermas y sin poder, que han ayudado a rehabilitar estas edificaciones tradicionales, pero la ilusión de tener algo que enseñar a los niños los ha movido a estar siempre arreglando casas y tierras ajenas, esperando que algún día tengamos algo propio.
Queremos destacar aquí de una manera especial a Antonio Álamo, conocido por “El Rubio”, quien, desde que conoció el Proyecto, no ha escatimado esfuerzos para que esta experiencia esté hoy donde está. Antonio es el gran estandarte, no sólo por su colaboración en el cuidado de las vacas, a pesar de los contratiempos que ha tenido, sino también por el cariño y amor que siente hacia nuestra cultura y los niños.
Bernabé Sánchez González, conocido por Carmelo, Juanito Hernández, el de Nievitas y Rafael Moreno, son cita obligada, ya que sin ellos hubiese sido imposible este trabajo, pues se han encargado, con Antonio Álamo, del cuidado del Museo “La Gañanía”. Alfonso Guillén, Isidro Ojeda, Pedro Navarro (Ico), Juan Cruz Vega Suárez, las muchachas de los telares, como se llaman ellas mismas y otras tantas personas que han tomado la responsabilidad, vienen cuando hacen falta. Nunca se ha llamado a nadie a trabajar; ellos y ellas son los que han cogido el “timón de este barco”, como bien decía Bartolito el de El Hoyo.
Todos y algunos más son los encargados de recibir a los niños cuando nos visitan.
En este momento echamos de menos al panadero Braulio León Sosa y a su mujer Leocadia Navarro. Él nos abandonó de forma inesperada, por una enfermedad, antes del verano de 2001.
La última vez que hizo el pan fue en diciembre del 2000 para el Belén Viviente; ya desde esa época se encontraba mal y allí nos dijo:
-Aprovechen, porque este es el último pan que yo voy a poder hacer.
Su mayor ilusión era estar al lado de niños. Siempre estaba preguntando que por qué no venían más a menudo los colegios. Hoy los panaderos tienen que estar orgullosos y agradecidos porque elevó su profesión a lo más alto. Se encontraba mal, pero no se quejaba. Hizo siempre el pan para los niños con mucha ilusión. Sus últimas palabras, antes de morir, a su hija Segunda León Navarro fueron:
- Anda, para que me lleves a Los Cardones, que tengo que hacer el pan...